DIVERSIDAD Y CONSERVACIÓN

junio 30, 2009 teresiux

La acelerada pérdida de la biodiversidad a nivel mundial está obligando a recurrir a todo nuestro ingenio para: 1) que la tasa de extinción de especies no supere a la tasa a la que estamos conociendo nuevas especies, y 2) a optimizar recursos y utilizar al máximo el conocimiento que se tiene acerca de la biodiversidad, con la idea de revertir el proceso de perdida de la misma y/o para proponer medidas para su conservación.

Respecto al primer punto, la batalla está prácticamente perdida. En la actualidad se conocen cerca de 1.5 millones de especies (Wilson 1998), lo que corresponde a entre el 5% y 15% de las especies que habitan la tierra (5%, utilizando la estimación de Erwin (1982) de 30 millones de especies; 15% si preferimos la estimación más conservadora de 10 millones de especies calculada por May (1988)). En contraste con estos datos, la tasa de perdida de especies se ha calculado 50 spp. cada día (se calculó suponiendo que la pérdida anual es del 5% del total de especies, y que hay 10 millones de especies (Reid y Miller 1989), además de que la tasa a la que se describen nuevas especies es lenta (Heywood 1995). Estos datos muestran que, de entrada, en el mejor de los escenarios, se pierden muchas más especies de las que se están conociendo.

Pero no significa que todo este perdido. Lo que significa es que los “inventarios” con los que se cuentan, completos o incompletos, son una herramienta fundamental para el análisis de patrones de diversidad y de procesos asociados. Hay regiones cuya diversidad es mejor conocida, como son las zonas templadas, entre otras razones, porque son menos diversas que las tropicales (Wilson 1988). También hay grupos taxonómicos que se conocen mejor que otros. Es el caso de los vertebrados, en contraposición con los insectos o los organismos marinos de los que se tiene escasa información (Keynwood 1995).

El contar con regiones y grupos relativamente bien estudiados nos permite obtener ventajas considerables, las cuales se deben aprovechar. Ese es el objetivo de la búsqueda de patrones, para de ahí extraer generalizaciones que se puedan extrapolar todo lo que sea permisible (para una revisión acerca de posibilidades y métodos de extrapolación de información de biodiversidad, el trabajo de Colwell y Coddington (1994) es ampliamente recomendable). El gran supuesto atrás de esto es que, en efecto, los patrones nos pueden ayudan a conocer el por qué las especies se distribuyen de esa manera y qué causas han originado tales distribuciones (Brown 1995).

En este contexto, programas de investigación como la macroecología se han perfilado como una opción en la búsqueda de patrones a grandes escalas espaciales (Brown y Maurer 1989, Brown 1995). Precisamente, el método más usado para contestar preguntas macroecológicas es el análisis de patrones repetitivos relacionados con algún atributo de las especies o de los ensambles de especies, como es el área de distribución.

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